Imaginemos un caso típico de revisión de un paciente en edad pediátrica, digamos de 2 1/2 años que acude al consultorio dental llevado por sus padres a una evaluación.  Después de ser contestado el interrogatorio inicial, se procede a la colocación del niño en el sillón dental, se pide a los papás que salgan a la sala de espera y se inicia la exploración pidiendo al niño que “abra grande”.

El niño abre grande la boca, el odontólogo procede con un espejo a revisar las piezas dentales, revisa cuidadosamente cada una de ellas, las encías, la oclusión dental y determina que todo se encuentra sin problema, no hay caries, y solo decide indicar mejor técnica de cepillado y flúor. Esto ocurre en el mundo ideal,  y en la vida real  la mayoría de las veces.

Sin embargo, existen ocasiones donde otro niño de la misma edad, peso, talla y sexo, decide no cooperar, solamente porque no tiene ganas.  A la indicación del odontopediatra de “abre grande” sigue un no implícito en la boca cerrada del menor. Tenemos problemas, piensa el médico mientras intenta convencerlo sin éxito.  Procede entonces a utilizar las técnicas aprendidas durante su formación académica, elevando el tono de su voz, utilizando técnica de mano sobre boca (ya en desuso), sin obtener éxito, hasta que recurre al auxilio de su asistente que “convence” al niño de quedarse quieto y abrir la boca “voluntariamente”.  Rápidamente realiza la exploración una a una de las piezas dentales, encías y  oclusión.  Determina un diagnóstico similar al otro niño y cita en 6 meses.

El odontopediatra entrenado, sabe cómo lidiar este tipo de situaciones con técnicas de manejo de conducta que conoce y practica durante su formación académica, utilizando técnicas de convencimiento con el niño, sin recurrir a la fuerza innecesaria.  De todas formas, existe un número muy grande de pacientes en edad pediátrica resistentes a la inducción de las técnicas de manejo de conducta y que son “convencidos” de permanecer quietos, con otras medidas como amarrarlos, sujetarlos al pappousse, enredarlos en una sabana o en una red.  

El recuerdo de haber sido sujetado en contra de su voluntad, es imborrable y permanece en la memoria agazapado, por lo menos hasta la siguiente visita.      El odontólogo tampoco la pasa de maravilla con este tipo de pacientes, sobre todo cuando el daño es extenso en piezas dentales numerosas y que requieren muchas citas para realizar todo el trabajo operatorio.

Para ayudarlos a ambos, quitarles el stress y los malos recuerdos, existe la sedación por vía oral para tratamientos breves, o profunda bajo vigilancia por personal con experiencia en este tipo de procedimientos, y la Anestesia General, que es por mucho más segura.